Espejos de realidad: Entrevista a Jesús Torres Torres

Por: Patricia Ríos

Son los setenta durante la presidencia de José López Portillo, aquel que defendería el peso como un perro y sin embargo presenció una crisis económica sin precedentes gracias a la caída de los precios mundiales del petróleo. Mientras Europa tenía políticas para incentivar el uso de bicicletas y las caminatas, México se sumía en una ficción endeble que procuraba sobrevivir en un escenario de esplendor, mientras tras bambalinas los mexicanos de las zonas rurales migraban a la ciudad por falta de oportunidades educativas y laborales, y los mexicanos de la ciudad se volvían cada vez más pobres.

Es en este contexto socio-económico que se desarrolla Nadie Sabrá Nunca, ópera prima del cineasta hidalguense Jesús Torres Torres, quien con tintes melancólicos y profundamente apasionados hacia el cine, cuenta una historia de entrañable mexicaneidad que toca tanto los problemas de una familia para seguir adelante en un pueblo donde reina la pobreza y los estereotipos de género, como el refugio que un niño (su protagonista) encuentra en las historias ficticias que escucha, ve y crea.

Nadie Sabrá Nunca, ópera prima del cineasta hidalguense Jesús Torres Torres, quien con tintes melancólicos y profundamente apasionados hacia el cine, cuenta una historia de entrañable mexicaneidad.

Torres Torres goza de una vasta carrera como fotógrafo y diseñador de arte previa a su debut como director y guionista. Su formación como comunicólogo y fotógrafo le valió colaborar como fotógrafo de stills en Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor (2003) del director Julián Hernández, con quien ha trabajado como diseñador de arte en otros proyectos, trayectoria que también se puede apreciar en películas de Roberto Fiesco, Astrid Rondero, y Alejandro Zuno.

Desde muy pequeño el director veía películas en la televisión. Sintiendo atracción por estar detrás de las cámaras, se dedicó a estudiar y ver mucho cine hasta que hace ocho años mandó a un concurso organizado por Vicente Leñero lo que serían esbozos de este proyecto, recibiendo a cambio un primer impulso en un taller donde comenzó a darle forma a su guión.

Para su primer largometraje, el director tomó como inspiración a su propia familia y pueblo natal “Se refiere a mis recuerdos de infancia, a los personajes con los que yo conviví y que rodearon esta etapa formativa de mis primeros ocho años y que seguía observando una vez que fui adulto y que se guían por los mismo comportamientos y características. Se me hacían muy interesantes poderlas retratar en esa época pero haciendo énfasis en que esos personajes siguen existiendo.”

“La madre no es una persona muy culta o preparada, pero de manera intuitiva está dándose cuenta de cosas que no le gustan, y creo que el niño también lo intuye porque el padre se porta igual con él que con la madre”.

En un pueblo, cuyo nombre Jesús Torres Torres no precisa en recordar -porque el escenario resuena en muchos pueblos del país- vive Braulio (Luciano Martínez) con su madre, Lucía (Adriana Paz), su hermana, Sara (Claudia Santiago), y su padre, Rigoberto (Jorge A. Jimenez). Son una familia tradicional. Las mujeres lavan ropa y cuidan a los hijos mientras los hombres enseñan a disparar y arrean el ganado. 

Braulio, contrario a lo que desearía su padre, goza de escuchar radionovelas (gusto que comparte con su madre) y de ver películas de vaqueros en la tele de la tiendita. Es un estudiante de excelencia, sin embargo en aquel pueblo estancado en el tiempo no tendrá muchas oportunidades de progresar, o al menos eso piensa Lucía “La madre no es una persona muy culta o preparada, pero de manera intuitiva está dándose cuenta de cosas que no le gustan, y creo que el niño también lo intuye porque el padre se porta igual con él que con la madre. Es muy frío, distante, y ellos lo que necesitan creo que es ese afecto de parte de él y no lo obtienen.” 

Braulio, siendo un niño soñador y observador (también un poco solitario), comprende la soledad de su madre, por lo que la abraza o la invita a bailar cuando siente que lo necesita. Aunque ella misma no sea una mujer particularmente cariñosa, su afecto se basará no en el amor expreso a través de los idílicos besos en la frente antes de dormir, sino a través del sacrificio por hacer que su hijo salga adelante.

A lo largo de la película somos testigos de la dinámica de complicidad con la que madre e hijo procuran escapar el entorno de “aridez sentimental” (según manifiesta el director) provocado no sólo por la pobreza del sexenio de López Portillo, sino también por el distanciamiento emotivo que sienten particularmente hacia la ausencia de Rigoberto. Así, Braulio imagina una realidad alterna en la que su madre se encuentra enamorada de un vaquero apasionado y galante, ficción construida como una carta de amor del director al cine western que tanto admira como el de John Ford y Clint Eastwood, así como el arte vernáculo mexicano que va desde Juan Rulfo hasta Juan Antonio de la Riva, pasando por la herencia musical de Lucha Villa.

El entorno que imagina Braulio es espejo de su realidad. En ambos reina la aridez, las armas y los caballos. La figura del héroe, sin embargo, no la puede encontrar en el mundo material, ahí, en cambio, hay rechazo, lo cual “es uno de los grandes motivos que lo orillan a confabular con la madre”, menciona el director. Ambos encuentran refugio en las historias porque el recurrir a sus propias mentes de alguna manera les permite controlar el exterior  “Creo que los personajes, los seres que somos introspectivos, quienes estamos siempre analizando y observándolo todo, creamos un mundo interior muy rico”.

En este mundo interior, sin embargo, persisten los roles de género: es el hombre el que mata a forajidos y la mujer quien anhela su regreso. Jesús Torres Torres admite que desde niño esta diferenciación entre sexos le parecía contradictoria, por lo que en su película trabajó en distintos aspectos de lo que hacen los hombres y las mujeres, como por ejemplo, los abuelos paternos de Braulio quienes invierten papeles “Ahí parece que la que asume el rol masculino es la abuela y no el abuelo que siempre está acostado escuchando la radio, borracho, sin trabajar, y ella tiene que resolver de alguna forma las actividades masculinas, además las asume con gusto, no como ‘lo tengo que hacer’ porque a ella las cosas femeninas de alguna forma no le gustan, no le interesan.”

 “Creo que los personajes, los seres que somos introspectivos, quienes estamos siempre analizando y observándolo todo, creamos un mundo interior muy rico”.

Otro personaje que desafía los estereotipos de género es Lucía, quien en su búsqueda por ofrecerle a su familia un mejor futuro pone en duda todo lo que su madre le enseñó, cayendo en una profunda contradicción. Por un lado ella es Lucía Rodríguez ‘de Mejía’; por otro, trata de rastrear de dónde vienen esas enseñanzas de sumisión “Los personajes femeninos se adaptan mucho mejor que los hombres al entorno de alguna forma, y ahí viene otra vez la contradicción de esta mujer que no quiere adaptarse a ese mundo, y a lo que su madre hizo, sino que quiere salir a hacer otro tipos de cosas.” 

El director defiende que este tipo de adaptación no sigue las pautas de la resignación, sino del instinto por comprender lo que se debe o no reproducir con fin de sobrevivir, lo cual se pone en jaque cuando vemos la convivencia de Lucía con su hija, porque -a pesar de tener en claro que no le gusta la manera en la que fue educada para obedecer- le enseña a la pequeña el deber femenino de recoger los platos de los hombres después de comer “De todas maneras hay cosas que en su inconsciente siguen funcionando de alguna forma, y para mí también era importante dejar estos vestigios con los que tienes que estar luchando siempre.” 

Los roles de género, sin embargo, no afectan únicamente a las mujeres. La relación entre Braulio y su padre es minada por las expectativas de actividades masculinas que distan mucho de su afición a las radionovelas.

El director menciona que estos “guiños al pasado”, es decir, dichos vestigios que hacen eco a una educación caduca sufriendo una ruptura, despiertan el interés de Lucía por que su hija sea diferente a ella. Es en este pasado cuando aprendió que el hombre va en la cabecera de la mesa, que a pesar de que no cocine nunca debe lavar un solo plato, y que el cabello de la mujer debe ser largo y contenido en una trenza, lo cual para Torres Torres es “una metáfora de atadura que no deja pasar a otro nivel.”

Los roles de género, sin embargo, no afectan únicamente a las mujeres. La relación entre Braulio y su padre es minada por las expectativas de actividades masculinas que distan mucho de su afición a las radionovelas, o el héroe irreal que el niño imagina, no obstante, Torres Torres defiende que empatiza con el personaje de Rigoberto “Está acostumbrado a ver a esta familia como él fue educado o no educado, es decir, la figura del padre distante. Seguramente con él su padre fue mucho peor, incluso yo creo que lo golpeaba, había una cosa de violencia mucho más explícita, y él trata de modificar con el hijo estos comportamientos que a él no le gustaron, pero no le alcanza”.

Lo que Jesús Torres Torres nos brinda en esta película es lo que vive ‘una familia de tantas’ en México, no sólo en los setenta. Con cada sexenio sentimos una ambivalencia entre la perdición y la esperanza. Incluso en el Siglo XXI hay mujeres mexicanas renegadas a la cocina, y hombres mexicanos que no pueden trascender la imposición del rol de un ‘macho’ a quien no se les permitido sentir. El campo continúa siendo descuidado, despreciado, mal pagado. De todas maneras, la vida en la ciudad continúa siendo la prisión de ‘los olvidados’ y el reino de los corruptos. Sin embargo, puede ser que la verdad más duradera de Nadie Sabrá Nunca sea precisamente la inspiración del director para dedicarse al séptimo arte: el contar historias que alimentan una imaginación que pone en orden el caos de nuestras realidades.

Es así que, como amante ferviente del cine, Jesús Torres Torres invita a las personas a perderse por un momento en las historias para abrir su vulnerabilidad y prepararse para el regreso a la vida material “Por hora y media estás en otro mundo, estás viviendo otra vida, y si esa historia te toca, sales con un arma que te va a ayudar a sobrevivir lo que tengas que enfrentar en el futuro.”



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